México no entiende a Francisco

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Para nadie ha sido ajeno el tema de la visita del Papa Francisco a nuestro país.

A favor de su visita, en contra de ella, o tratando de aprovecharla para su propia agenda, no ha habido otro tema en la discusión pública desde que aterrizó la noche del pasado viernes en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.

Por desgracia, un hecho que debía sacar lo mejor de todos ha logrado justo lo contrario.

Desde el inicio de su pontificado, Jorge Mario Bergoglio ha mostrado un afán por escapar de la “burbuja vaticana” para atestiguar la realidad y ajustar su discurso a los retos concretos que ésta planea. Ello de manera sencilla, coloquial, y sobre todo frontal.

Contrario a lo anterior, se encuentra con un México que no lo conoce, que no lo entiende.

En este sentido, y en primer lugar, se encuentran el Gobierno de la República y los de las entidades que lo han recibido.

Primero presenciamos la recepción VIP en el hangar presidencial con entre 5 y 6 mil invitados preseleccionados de entre los más cercanos al Presidente de la República y su grupo político, con una producción y elenco que lucen típicos y tradicionales de la televisión mexicana.

Después el indigno espectáculo de gobernadores, encargados de despacho federales y sus familias, aventándose por obtener su fotografía estrechando la mano del Papa -o besando su anillo-, o apareciendo de manera excesivamente frecuente en las producciones televisivas de los encuentros del Pontífice, como si ese la asociación a dicho personaje borrara de golpe y porrazo las omisiones y fechorías de más de uno de ellos en el ejercicio de sus cargos.

Y entre todo ello, los operativos de seguridad que han exagerado los actos de molestia a los habitantes de las ciudades visitadas, y que han alejado tanto a las personas reales -tanto fieles como críticos y manifestantes- de la presencia del Pontífice. Ejemplos y resultados de ello fueron los grandes espacios vacíos del Zócalo el Sábado, y el gasto multimillonario en vallas en los kilómetros de recorrido.

En segundo lugar, encontramos a los jerarcas católicos mexicanos, cuya forma de hablar, sus ritos, e incluso entre quiénes distribuyeron los boletos para los eventos de corte religioso son completamente lejanos a su grey, y contrastan con el estilo y discurso del obispo de Roma.

Y en tercer lugar, pero mayor en importancia y número, es cómo ha reaccionado el grueso de la población ante esta visita.

Las reacciones de desbordada euforia exigiendo una bendición, como las rabiosas que manifiestan un total rechazo a su visita, muestran que una de las causas de la situación de nuestro país es que una buena parte de sus habitantes consideran a alguien o algo externo como posible mágica solución o maligna causa de los problemas nacionales.

En conclusión, no nos comportamos reflexivos y responsables diarios de nuestro presente y futuro, sino que buscamos en automático en quién fincar nuestras esperanzas o a quien culpar.

Diferente a todo lo anterior han sido el mensaje y acciones de Francisco.

De manera muy coloquial y clara ha llamado a la acción, a “echarle ganas”, a discutir de frente y “como hombres” las diferencias en vez de rehuirles, y a pedir perdón e incluír a aquellos que han sido excluidos por la sociedad -como grupos étnicos y personas en situación de pobreza-, y por sectores de la iglesia misma -como homosexuales, divorciados y madres solteras-.

Esta visita habrá valido la pena si nos damos cuenta que no estuvimos en sintonía con el invitado, y que el aplauso fácil y la airada crítica de nada valen si no son acompañas de reflexión profunda, pero sobre todo, de responsabilidad personal y de acción en el mundo real.

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